Ismael Muñoz Henríquez
Académico Facultad de Medicina, U. Central
Cada Día Internacional de los Trabajadores devuelve una pregunta esencial: quiénes sostienen realmente la vida económica y social. En medio del avance acelerado de la inteligencia artificial (IA), esa interrogante adopta una forma contemporánea: ¿podrán las nuevas tecnologías reemplazar de manera sustantiva el trabajo humano? Sistemas capaces de redactar textos, procesar datos, automatizar decisiones y ejecutar tareas cognitivas han instalado la percepción de que numerosos empleos podrían desaparecer. Sin embargo, la evidencia histórica sugiere algo distinto: aunque la IA transformará múltiples ocupaciones, el trabajo humano seguirá siendo decisivo en la creación de valor y en el desarrollo colectivo.
No es la primera vez que se anuncia el fin del trabajo. La mecanización industrial, la electricidad, la informática y la robotización también fueron recibidas como amenazas. Ninguna abolió el trabajo humano como eje de la economía. Lo modificaron, desplazaron funciones y abrieron nuevas ocupaciones. La IA parece inscribirse en esa misma trayectoria, aunque con una novedad relevante: no solo automatiza tareas físicas, sino también actividades intelectuales y administrativas.
El error de muchos diagnósticos apocalípticos consiste en reducir el empleo a una suma de tareas repetitivas. Trabajar no es solo ejecutar instrucciones. Es interpretar contextos, resolver imprevistos, coordinar personas, ejercer juicio, asumir responsabilidades éticas y construir sentido compartido. Allí persiste una ventaja propiamente humana.
Una IA puede responder consultas, ordenar información o producir borradores en segundos. Pero enfrenta mayores dificultades para contener a un paciente angustiado, conducir una negociación compleja, comprender matices culturales en una sala de clases o deliberar ante conflictos de valores. La IA procesa información con velocidad; las personas interpretan significados y actúan en escenarios abiertos e inciertos.
Además, el valor del trabajo humano excede con creces la productividad técnica. También produce confianza, cuidado, creatividad, aprendizaje colectivo y cohesión social. Profesionales de la salud, docentes, trabajadores de oficios, técnicos y tantos otros no solo cumplen funciones: sostienen vínculos, transmiten experiencia y hacen habitable la vida común.
Incluso en sectores altamente tecnificados, la automatización exige supervisión constante. Los sistemas algorítmicos pueden equivocarse, reproducir sesgos o fallar ante situaciones no previstas. Por ello, más que eliminar trabajadores, muchas tecnologías redefinen funciones y elevan la demanda por nuevas competencias.
El verdadero debate, entonces, no es una supuesta guerra entre humanos y máquinas, sino qué integración tecnológica queremos promover. Si la IA se orienta únicamente a reducir costos laborales, concentrará beneficios y ampliará desigualdades; pero si se utiliza para aliviar tareas repetitivas, mejorar condiciones de trabajo y fortalecer capacidades humanas, puede transformarse en una aliada del trabajo digno y una reproducción más humana del mundo.
Por eso, aunque la IA llegue a ser una herramienta de apoyo clave para las y los trabajadores, las personas siguen siendo indispensables para el trabajo. Las que cuidan, enseñan, construyen, investigan, transportan, crean y organizan la vida común. A ellas pertenece esta conmemoración. Porque la máquina no madruga, y el mundo todavía se levanta temprano
