Dr. Sebastián Briones Razeto
Académico Facultad de Economía, Gobierno y Comunicaciones, U. Central
Un grupo de diputados ha reactivado un antiguo debate en la educación superior: si en países desarrollados las carreras duran en promedio tres años, ¿por qué en Chile se extienden a cinco? Y más relevante aún: ¿es viable acortar esa duración sin afectar la calidad formativa?
El punto de partida exige precisión conceptual. No hablamos de “mallas”, sino de planes de estudio: estructuras formales que articulan créditos, trayectorias y resultados de aprendizaje. Reducir la discusión a semestres invisibiliza la diversidad estudiantil y los distintos ritmos de avance. Asimismo, la clásica distinción entre lo científico y lo humanista ha dado paso a campos más complejos —ciencias naturales y exactas, sociales, y humanidades y artes— con exigencias formativas distintas.
El segundo elemento es estructural. La educación superior no es un sistema aislado: depende de las competencias de entrada. Diversas mediciones han evidenciado brechas importantes, especialmente en comprensión lectora. Las universidades han debido destinar parte de sus programas a nivelación, lo que tensiona cualquier intento de acortar la duración. Comprimir los tiempos sin resolver estas brechas implica trasladar o simplemente ocultar el problema. Tampoco parece viable cargar aún más al sistema escolar, que enfrenta déficits de atracción y retención docente.
Un tercer factor es el financiamiento. Las instituciones dependen en gran medida de los ingresos por matrícula. Reducir de cinco a tres años implica una caída significativa de esos recursos, sin que los costos —docencia, investigación, vinculación y gestión— disminuyan proporcionalmente. Dado que estos ámbitos son exigidos por acreditación, surge una pregunta clave: ¿cómo sostener el sistema sin comprometer su funcionamiento?
Finalmente, existe un riesgo operativo evidente. Sin rediseños curriculares profundos, la reducción podría traducirse en una sobrecarga académica. Este fenómeno ya se observa en programas con siete o más asignaturas por semestre, por sobre estándares internacionales. Si se busca acortar la duración, también debiese revisarse la densidad formativa.
Ajustarse a estándares internacionales puede ser un objetivo razonable, pero intervenir una sola variable sin abordar el sistema en su conjunto arriesga efectos contraproducentes. En educación superior, las soluciones parciales rara vez son suficientes.
