Gonzalo Honores Vega
Director de Ingeniería Civil en Computación e Informática
Universidad Central de Chile – Sede Región de Coquimbo
Hace algunos días, distintos medios nacionales destacaron que Chile se posiciona como el segundo país de Latinoamérica con mayor uso de inteligencia artificial, a partir de datos del Anthropic Economic Index. Si bien es un antecedente interesante, requiere cautela. El análisis se concentra en Claude, una de las distintas herramientas de IA disponibles. Sin embargo, más que quedarnos con un ranking, deberíamos preguntarnos algo más importante: ¿cómo estamos usando la IA?
Desde la universidad ya observamos sus efectos. Nuestros estudiantes resuelven problemas, exploran alternativas y desarrollan proyectos en menos tiempo. Frente a esta realidad, prohibir, esconder o castigar el uso de IA no parece ser el camino. Necesitamos transparentarlo y enseñar a utilizarla con una mirada crítica.
Para mí, la IA se parece a una navaja suiza: sirve para muchas cosas, pero quien decide qué herramienta utilizar y con qué propósito, sigue siendo la persona. Puede concentrar información, inferir rápidamente y proponernos distintos caminos. Somos nosotros quienes debemos decidir si son pertinentes o si necesitamos construir uno diferente.
En ingeniería esto es especialmente relevante. Antes de diseñar una solución debemos comprender el problema. Cuando conversamos con un cliente no solo escuchamos sus palabras: observamos su entorno, hacemos preguntas y percibimos silencios, dudas, miradas o preocupaciones que pueden cambiar nuestra comprensión inicial. No todo ese contexto llega a convertirse en un prompt. La IA puede ayudarnos a construir una solución, pero primero, alguien debe comprender qué problema necesita ser resuelto.
Esto también desafía nuestra forma de enseñar. Si un estudiante utilizó IA en un trabajo, quizás la pregunta más enriquecedora ya no sea “¿usaste IA?”, sino “¿por qué consideras que la solución obtenida es la mejor?”. No debemos esconder ni castigar su uso: debemos enseñar a utilizarla con criterio.
El desafío no está en competir con la IA, sino en formar profesionales capaces de aprovecharla sin renunciar al conocimiento, la experiencia, el contexto y la intuición. La IA puede mostrarnos muchos caminos; el verdadero valor profesional estará en saber cuál debemos seguir.
